¿Qué es el amor? ¿Un impulso, una proyección, un sentimiento? ¿Es acaso una construcción cultural que nos inventamos para hacer la vida soportable? Y si es asÃ, ¿Qué es aquello que amamos? ¿Cómo definimos el objeto de amor? ¿Es acaso el amor mero deseo o quizás como lo formulan las tradiciones espirituales una fuerza que integra la vida más allá de las formas y conceptos con los cuales tratamos de atraparlo, hacerlo digerible para nuestra mente?
Y entonces, ¿Puede ser el amor humano una manifestación del amor en un sentido espiritual? Si el tema va por este lado, ¿Qué es lo que amamos en el otro? ¿Su capacidad de convertirse en objeto del deseo? ¿Su habilidad de despertar el uno un gozo o placer indescriptible que quizás ni uno mismo se sabÃa capaz? ¿Es el amor posesión? Y, por lo tanto, ¿qué buscamos en las relaciones de amor? ¿Satisfacer el deseo egoÃsta, poseer el otro o quizás entregarnos, satisfaciendo nuestros aparentes vacÃos? O ¿Amamos que el otro sea parecido a mÃ?, ¿Qué sea lo que yo quiero y espero? ¿O tal vez amamos en que sea tan diferente a mà que me incentive a un perpetuo descubrimiento, a una búsqueda quizás inacabada del mismo amor?
Demasiadas preguntas. Tal vez es un poco de todo esto o quizás sólo el amor es lo que somos, pero no nos damos cuenta. Y entonces, si nos damos tiempo de conocernos, comprenderemos que somos hijos del amor. El problema radica en nuestra incapacidad, que no es una tara, sino una falta de adiestramiento, de ejercicio que movilice la consciencia que duerme, de poder reconocer aquello que somos.