Cualquier dÃa observando mi vivienda, aquel espacio que habito y que es proyección de ese cuerpo centrado desde el cual puedo decir esto soy yo empecé a preguntar qué cosas podÃa eliminar. Observo una cama, sus nocheros, unas sillas, la mesa, la ropa, el escritorio, mis libros, el televisor, una cocina equipada con lo básico. Y luego, me contemplo a mà mismo y encuentro lo que pienso, aquello que registro, aquello que niego pero que sigue allà fluctuando en medio del espacio etéreo. De pronto recuerdo aquella referencia continua a ir por el mundo ligero de equipaje, solamente con lo esencial.
Y percibo la urgencia de ver a través de todo ese conjunto de imágenes, de ideas, de posturas que una y otra vez que he reconocido en el espejo de la vida, en las mañanas cuando me arreglo, en la mirada de mis estudiantes o en la de aquellos que me pueden observar con un dejo de consideración o un tÃmido respeto por la idea de alguien inteligente que he ido formando y que durante tantos años me han representado y han permitido decir soy yo, aunque no lo soy.
Y entonces me pienso en serio la cuestión. ¿Y si de pronto, tuviese la oportunidad de borrar todo aquello que he cargado de más y que durante tanto tiempo creà que era parte de mi esencia? ¿Y si pudiese que todo quedará en blanco, un blanco sobre blanco que dice mucho, pero de pronto no dice nada? Dándome a la tarea, lo primero serÃa no cambiar una carga por otra, simplemente contemplarme como cuando observo el cuerpo desnudo en el espejo y que en no pocas ocasiones me genera incomodidad, pero no obstante me recuerda una y otra vez también, que, en esencia, no hay nada a lo cual agarrarse y que vamos de paso por la vida. Y que ese sentido, ese cuerpo es solamente un préstamo he hemos de devolver.
Doy entonces un paso más. Y quisiera por un momento borrar todo aquello que hay de más en mÃ, que no dice nada de mÃ, de todo aquello que he podido comprender que hace parte de esa ilusión del yo. Quisiera que quede de mà lo esencial, aquello que no puede ser justificado, que no puede ser evaluado, que incluso el fuego purificador no puede transformar o purificar porque no hay nada más que romper o quemar. Y sé que no hay necesidad de ser otra cosa, porque no hay ningún papel nuevo que representar. Y sé que al final, en ese ser verdadero que encontraremos el indagar en la profundidad de las creencias, de las ideas y de los conceptos que utilizamos para hacer de esta vida algo manejable.
Y entonces desde esa limpieza, esa búsqueda del blanco, desde esa esencialidad que reconozco, tendrÃa que empezar a decir algo. Es una tarea, un ejercicio un poco extraño. Decir algo sin decirlo todo cuando el ser reclama la verdad de las cosas. Y escribir en este sentido, se vuelve un poco demás, sobre todo cuando las palabras ya no dicen nada, cuando aquello a lo que he apostado ya dice poco de esa verdad. SerÃa entonces un intento vano de dejar una huella apenas perceptible de aquello que pretendimos ser.
¿Y si se opta por el silencio? ¿Qué voz se podrÃa escuchar? Elegir el silencio en muchos momentos ha sido la mejor manera de optar y poder decidir que contar. Y en el silencio, no es que las palabras sigan atropellando la mente. No serÃa un proceso de rumiar para mà mismo mi dolor, mis ansiedades o certezas. SerÃa más bien una palabra que queda dispuesta, que se abrirÃa una manera de ver, una manera de decir la vida, de decir el amor, de sintonizar con los ritmos de la vida. SerÃa en otras palabras, la predisposición a decir aquello que se silenció de manera deliberada en un blanco como el que emerge cuando uno logra ser solo presencia vida, sin necesidad de nada, sin necesidad de explicarse, solamente en la actitud de ser.
Pereira, 3 de octubre de 2025.


Maravilloso escrito. Nos invita a reflexionar en lo que somos y lo que tenemos entre nosostros mismos.
Gracias por leer. Un abrazo.