«Señor, concédeme la serenidad para aceptar las cosas que no puedo cambiar, valor para cambiar las cosas que puedo, y sabiduría para reconocer la diferencia»
Sin duda, para quienes tratamos de comprender el mundo que nos rodea, podemos darnos cuenta que hay cosas frente a las cuales no podemos ser indiferentes. Y entonces se hace necesario tomar postura, pero a su vez, una postura que evite los apasionamientos a los que nos hemos acostumbrado como resultado de los tiempos de la digitalización. De entrada, es adecuado no perder la perspectiva que el mundo es dado, que las cosas son como son y que, frente a muchas de estas, sino casi todas, poco o nada podemos hacer. Y en este sentido, tener esta conciencia sobre estos aspectos aligeraría la carga.
Desde hace un buen tiempo, es común la sensación de que el mundo está a punto de irse por el despeñadero. Es por esto que teniendo en cuenta que todas las circunstancias a las cuales hemos sido arrastrados, vale la pena recordar o tener presente la plegaría que sirve de referencia a este texto y que nos permitiría comprender que es lo posible frente a la realidad. El primer elemento que hemos de considerar, y el más difícil, es la serenidad para saber contemplar las cosas del mundo que están fuera de nuestra posibilidad de control.
El tema radicaría en cómo expresarlo. Hace unos días leía algo respecto a la manera como uno puede empezar a que de verdad pueda ser escuchado y leído. Y en el texto se indicaba que tiene que ver con la capacidad de despertar una emoción y que la mejor manera es hacer evidente la propia vulnerabilidad. En lo personal esto se me hace difícil puesto que vengo de una generación que creció con gran resiliencia que nos ha permitido afrontar la vida sin tener una presencia todo poderosa de unos padres o adultos que nos dieran línea acerca de cómo hacerlo. No nos faltaba calle como se podría relacionar en un lenguaje más coloquial. Muchas de estas capacidades que poseemos las desarrollamos sin necesidad de tanto dramatismo comparativamente con los tiempos que vivimos donde para ser visible parecería que hay que evidenciar cierto victimismo.
En esta línea, mi formación como ser humano, ciudadano y profesional ha tenido que ver con algo que se consideraba en su momento esencial y hoy parece desvalorizado, el estudio. En otros espacios he hablado del porqué de mi interés en las ciencias sociales y en la filosofía que han sido los pilares entorno a los cuales he construido mi pensamiento y mi praxis cotidiana como maestro y ahora como escritor, pero sobre todo como ser humano. Y en este sentido, quienes comparten conmigo está experiencia de ser maestros saben que hoy es evidente la perdida de interés o de perspectiva en todo lo que tenga que ver con la disciplina, con el esfuerzo y con el estudio como la base de un proyecto de vida.
Vivimos en un mundo construido a nuestra imagen y semejanza, a la medida de nuestra propia desmesura, de nuestra locura. Un mundo que adquiere forma y se metamorfosea a través de algoritmos que piensan y determinan por nosotros, que dan forma a nuestro pensamiento y a la manera como concebimos el mundo. Pensar por sí mismo, preservar eso que Kant en su momento refería como la mayoría de edad, es un reto que demanda un esfuerzo titánico. Diversos autores han abordado esta crisis intelectual desde diversos enfoques. A manera de ilustración, recordaba aquella metáfora que en su momento refería como el carácter de la época para un pensador europeo del siglo XVIII, Carlos Marx, al decir que la época que nos ocupa es una época donde “Todo lo solido se desvanece en el aire”. Y esta ha sido una buena manera de explicar un mundo donde todos aquellos conceptos (solidos) que habían dado vida a la época moderna se diluyen ante la inmediatez de las cosas. Familia, Comunidad, Escuela, Iglesia y hoy el Estado, al menos como los hemos entendido, se disuelve ante nuestros ojos.
Así pues, vamos a la deriva en medio de un camino cada vez más tortuoso. Y en esto, es claro que no hemos logrado comprender que somos cuando ya vamos hacía una nueva idea de lo humano fundamentado en tendencias transhumanistas. Y es que tal vez buscamos donde no es prioritario. En este sentido, la verdad, la razón, la capacidad humana convocada como la estrategia para alcanzar la libertad y que prometía romper las cadenas que nos atan han terminado por construir nuevas cadenas. La razón y el pensamiento son capacidades humanas instrumentalizadas. De ahí que un mundo ordenado, en el que podíamos tener unas certezas acerca de qué podíamos esperar, se ha convertido en una burla.
Frente a todo esto, la serenidad se vuelve algo esencial. Y no es que debamos adquirir una actitud estoica que puede rayar en la indiferencia. Al contrario, la serenidad a la que estoy refiriéndome es la capacidad que nos permita observar con atención para tener claro donde intervenir y saber que está fuera de nuestras posibilidades de acción. Aprender o más bien reaprender a dejar de reaccionar en caliente, en especial frente a lo inmediato y ha de volver a ser una regla para quien pretenda reconocer el mundo como lo que es y no como lo que nuestras percepciones lo consideran. Ver las cosas tal y como son sin eludirlas, sin maquillarlas es el inicio de la liberación en un sentido espiritual. En un próximo artículo, se ahondará en esto que apenas he planteado algunas líneas, así como construir o ganar el valor acerca de aquello que podemos cambiar y donde podemos tener algún margen de acción. Y finalmente plantear los elementos que nos permitan adquirir sabiduría para vivir a plenitud.
Pereira, Colombia 8 de mayo de 2026


Muy bien hijo
Tu razonamiento Diego me parece estupendo…. qué es serenidad en este mundo desquiciado y cómo abordarlo desde una perspectiva espiritual. El Señor dándonos el valor para poder aceptar lo que no podemos cambiar y valor para cambiar lo que si podemos cambiar.
Te felicito Diego.
Gracias Eliane. Un abrazo afectuoso.