La piel que habito.

¿Qué historia cuenta tu cuerpo cuando está en calma? Una pregunta que, propuesta como ejercicio de escritura que me lleva a pensar en el cuerpo. En lo que soy. En la imagen que he ido formando de mi mismo.  

A veces al llegar a casa, quisiera solamente acostarme y no levantarme más. Dejar que todo se diluya y las cosas encuentren su curso. A veces quisiera solamente estar ahí, con una actitud contemplativa, dejando de la vida discurra como lo que es, un sueño. Y esto supone en lo esencial, ver la vida más allá de sus formas. Pero, para quien por momentos puede ver más allá del flujo de elementos que los sentidos nos permitan vislumbrar, se encuentra que en no pocas ocasiones que ver demasiado puede hacerse complejo. La cantidad de información y datos obnubilan la mente. El flujo de pensamientos, ideas, creencias que pretenden dar cuenta de esa realidad en no pocas ocasiones termina por bloquearnos. De ahí que se hace necesario mantener la vista con la atención adecuada.

La vista. Nuestra entrada al mundo. Es por esto que procuro donde pueda, cerrar los ojos y dejar que estos se relajen de manera lenta y cómoda.  Ojos que ven, ojos que comunican, ojos que acompañan, por eso es importante cuidarlos.  Me es difícil entender el mundo sin los ojos. No tendría claro la perspectiva de un invidente con relación a la forma como apropia el mundo. De ahí que los ojos son misterio. Generan curiosidad y a veces miedo. Pero ver, es algo que demanda conciencia. Prácticamente todo trabajo espiritual se orienta a esto, a saber, ver para comprender. Es por esto que se hace necesario aprender o reaprender a ver.

Al llegar la noche y disponerme a dormir, procuro tomar la postura que encuentro más tranquila, la posición fetal hacía el lado derecho. Me acobijo si es posible o coloco una almohada entre las piernas en los días que hace calor. La mano derecha la pongo debajo de la almohada donde pongo la cabeza y la otra mano cerca de la cara. Me quedo quieto, respiro lento dejando que el sopor previo al sueño profundo me permita estar ahí y dejar que todos los afanes, las ansiedades y demás cosas pasen por la mente como nubes en el atardecer al ser arrastradas por el viento.

Y así mientras el sueño llega, por un momento siento que eso que he creído ser se diluye en la nada. Es como abrir una puerta a otra sensibilidad que se hace presencia. He podido comprender que ese aspecto de la dimensión espiritual. En esos momentos, en ese vacío uno puede llegar a sentirse más cerca a Dios. Hay quien dirá que no es una posición adecuada para orar o que eso no es oración. Y si, no es oración, es silencio.  Y tengo que decir que ese es un momento de gran intimidad con la presencia que todo lo abarca.

En otras ocasiones, al regresar del trabajo, me acuesto a descansar un rato. Al despertar encuentro que la luz de la tarde envuelve las paredes. Sus reflejos naranjas, rojizos o amarillos penetran los rincones cerca a la ventana o el balcón que abierto permite que la luz se proyecte por todo el apartamento. Y ese es otro momento donde he llegado a tener la sensación de estar en otro nivel de consciencia, en un mundo paralelo donde la luz todo lo abarca. Hay ausencia de tiempo. Parece que ha pasado mucho, pero son solamente fragmentos de tiempo. Y entonces, al volver a sentir el ruido de los carros, los comentarios de las personas en la calle, vuelvo a observar y sé que aquella luz, luego de ese breve o largo sueño me permite estar más presente y esto reconforta. En no pocos momentos he tenido la certeza que esa luz, que es experiencia, me ha acercado a Dios.

El cuerpo. La piel que habito. La manifestación de mi presencia en el mundo. Sentir, oler, degustar, escuchar. Si, escuchar, pero sobre todo ver. Cierro los ojos, que me dicen los pulmones de mí, que dice la sangre que se mueve por las venas y las arterias. O bien, puedo tomar consciencia de la sensación del cerebro mientras los ojos siguen el fluir de las ideas que se ordenan en la mente y los dedos teclean con cierto orden. Es la idea un poco engañosa de un yo que se disuelve en la noche y al despertar se hace de nuevo presente. Por eso es que podemos decir que todos los días renacemos. Al despertar, en medio de un espacio en el cual apenas se intuyen los objetos y las cosas, siento de nuevo el cuerpo, el ser que soy. Y entonces puedo contemplar mi cuerpo, la mente, el vacío y el silencio. El nuevo día con todas sus incertidumbres, certezas y alegrías se acerca y “Yo” procuro hacerme presente.

Del gimnasio he aprendido que el cuerpo es como el agua, tiene memoria. Aunque en mi historia y en el cuerpo hay huellas de dolor, tengo que decir que no son recuerdos que se revuelvan en la mente buscando revivir circunstancias vividas.  A veces, en medio de la calma, muchas veces emerge el miedo, la soledad, la ausencia o el cansancio, incluso el deseo que durante mucho tiempo pretendí eludir hasta empezar a comprender que el deseo es innato a la vida. Y poder saber, comprender, que el deseo nos mueve, nos sacude y en no pocos momentos aligera los pasos. Quisiera creer que reconocer todas aquellas sensaciones es lo más cercano a la verdadera libertad, no libertad para ser lo que quiera ser, sino libertad para saber tomar la distancia adecuada frente a las urgencias del cuerpo.

Pereira, Colombia, 20 de febrero de 2026

2 comentarios en “La piel que habito.”

  1. Muy hermosa tu experiencia. A veces cuando estoy meditando, enviando el aire que respiro a todas las partes del cuerpp, puedo sentir la sangre navegando y fluyendo por las venas. Es increible.

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