¿A qué fuiste al desierto? (Mateo 11, 7)

El desierto. La vida en el límite. La vida en su desnudez. La vida que se hace vida. Y allí, en medio de condiciones que por lo general son limitantes, es donde la vida adquiere su verdadero sabor, su particular olor y los sonidos rítmicos adquieren armonía.  Creo que los desiertos nos recuerdan que todo en algún momento se puede agotar y, no obstante, allí hay una belleza que en algunos momentos obnubilan los sentidos.  También nos recuerdan nuestros propios desiertos. Y entonces cuando adquirimos está conciencia, ess que podemos dejarnos guiar por las intuiciones y nuevas esperanzas.

¿A qué fuiste al desierto? es la pregunta que en el evangelio de Mateo podemos leer cuando Jesús pregunta a la gente acerca de Juan el Bautista y sobre quien era aquel hombre.  Para quien no ha tenido la experiencia del desierto de manera directa es difícil de visualizar tal cuestión.  Y esa sería la pregunta que algunos líderes se preguntarán hoy en día.  En diciembre del año anterior tuve la oportunidad de ir a la Guajira y a travesar una parte del Parque Nacional Natural Bahía Portete un hermoso y fantástico ecosistema desértico y dicha experiencia me brindó la oportunidad de comprender un poco a lo que se refiere la pregunta en un sentido más profundo.

En su esencia, puedo decir que el entorno del desierto despierta la capacidad de asombro. Algo dentro de uno cambia, aunque no se tiene claro que es. El vacío y ausencia de vegetación pronto se convierte en un vació interior que, aunque nos obliga a afinar la mirada, pronto uno se da cuenta que es una mirada interna. Curiosamente, en uno de esos días del viaje, correspondió dicho evangelio, Mateo 11. 2 -11 donde se plantea tal asunto. La sensación de desnudez, de ser nada es profunda. El calor, la inmensidad del espacio, la ausencia de una vegetación en la cual uno pudiera sentir seguridad y apoyo. Y con todo, sentir, tener la certeza que uno es parte de la vida misma al recorrer el lugar mientras el sol se iba elevando poco a poco al amanecer y podemos descubrir la belleza en Todo.

Ir al desierto, por tanto, te permite profundizar en el conocimiento de ti mismo y del mundo como un todo. Es una sensación de que al final no quedará nada, solamente lo esencial. Así pues, creo que he ido al desierto a verme en el espejo y tomar una conciencia más clara de mis propias limitaciones y que, así como en el desierto la vida se sostiene en sus particularidades, si somos capaces de ir hacia adentro, hacía nuestros propios desiertos, nos conoceremos más en profundidad y descubriremos el ser esencial que somos del que hablan las tradiciones espirituales de oriente. Y el desierto es un vehículo para ir hacia ti mismo.

Entonces, ¿A qué fuiste al desierto? fui a conocerme a mí mismo, a reconocerme en las formas y en los seres del mundo.  El desierto es un punto de anclaje en esa búsqueda o en el despertar de la conciencia espiritual que todos los seres humamos hemos de realizar en algún momento. Es aprender a leer en la vida, en sus tendencias, en su fluir incesante en medio de la belleza de las cosas y del mismo Dios que nos habita.

Pereira, Colombia, 20 de marzo de 2026.

4 comentarios en “¿A qué fuiste al desierto? (Mateo 11, 7)”

  1. No solo es verse, es ver a los demás.
    En la iglesia ayer hablaba el sacerdote. Preguntaba: «Los muertos oyen?». ¿Cómo es que Lázaro escuchó a Jesús cuando él lo llamó?.
    En la vida no se debe estar muerto para no escuchar. Algunas veces hemos caminado por la vida sin escucharnos.

    Definitivamente tu invitación a visitar sitios en donde estemos en silencio, es un continuo en ti Diego. En mi entender, es un ejercicio que nos hace conocernos más y entender en dónde estamos y qué papel jugamos aquí.
    Feliz semana.

  2. El desierto no siempre es arena y sol. A veces el desierto es un dolor que llega sin aviso, como la pérdida de un familiar querido. Es un vacío que quema por dentro, un silencio que pesa, una ausencia que no se va. Ese dolor arde, como el calor del desierto, y uno siente que todo se vuelve seco, sin rumbo y sin sombra.

    Pero incluso ahí, en medio de esa herida, algo se mueve en lo profundo. El desierto nos obliga a caminar despacio, a mirar hacia adentro, a sostenernos con lo esencial. El dolor no desaparece, pero se transforma en memoria, en amor que permanece, en presencia distinta.

    Ir al desierto, entonces, también es atravesar ese duelo, dejar que el alma llore y, poco a poco, descubrir que Dios sigue habitando en medio del silencio. Porque aun cuando el dolor quema y no se va, también ilumina y nos recuerda que amar profundamente es lo que nos hace verdaderamente humanos.

  3. El desierto no siempre es arena y sol. A veces el desierto es un dolor que llega sin aviso, como la pérdida de un familiar querido. Es un vacío que quema por dentro, un silencio que pesa, una ausencia que no se va. Ese dolor arde, como el calor del desierto, y uno siente que todo se vuelve seco, sin rumbo y sin sombra.

    Pero incluso ahí, en medio de esa herida, algo se mueve en lo profundo. El desierto nos obliga a caminar despacio, a mirar hacia adentro, a sostenernos con lo esencial. El dolor no desaparece, pero se transforma en memoria, en amor que permanece, en presencia distinta.

    Ir al desierto, entonces, también es atravesar ese duelo, dejar que el alma llore y, poco a poco, descubrir que Dios sigue habitando en medio del silencio. Porque aun cuando el dolor quema y no se va, también ilumina y nos recuerda que amar profundamente es lo que nos hace verdaderamente humanos

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