La aceptación.

La aceptación, en contraste con aquello que hemos creído, es diferente a la resignación. En la resignación hay una renuncia absoluta y una entrega. Es una acción pasiva. Es dejar de hacer, es dejar de ser. Mientras que, en la aceptación, al menos como la he comprendido, hay una acción activa. Hemos de hacer todo lo que nos corresponda en el momento presente que vivimos, que es en últimas, lo único que tenemos y sobre lo que podemos influir. Y desde que haya conciencia de ese hacer, no pensando en los resultados, sino en el mismo proceso, la aceptación ante lo que no se puede cambiar es clara. Y, en consecuencia, se entregan los resultados de tal acción a la vida misma.  Ahora bien, si aquello que no acepto es la causa del sufrimiento, vale la pena preguntarnos, ¿Qué es aquello que no estamos aceptando en nuestra vida?

En conclusión, aceptar es hacerse un observador del discurrir de los fenómenos, hechos y circunstancias que, en muchas ocasiones, se dan de manera independiente de lo que queremos. Y resistir, no aceptar, genera dolor e incertidumbre.  Es cierto que hay cosas frente a las que podemos y debemos actuar. Y mientras podamos intervenir en tal circunstancia hay que hacerlo. Pero a la vez, hay que entregar en la misma vida, aquello que nos ocupa con la conciencia de que los resultados no siempre serán lo que queramos o esperamos.  

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