Rutina de amor propio.

Sin esperar, sin desear, sin querer ser nada, sin tener la expectativa de ser algo o alguien, allí se encuentra. Es una nueva noche de viernes en casa luego de un largo día. Se desnuda. Desde hace un tiempo ha ido aprendiendo la sensación de libertad que encuentra en percibir su propia desnudez. Por un momento el cuerpo parece expandirse, liberarse y luego adquiere cierto equilibrio. El cuerpo es el límite, pero ha ido comprendiendo que su ser es algo más que un cuerpo. El cuerpo, un punto, un foco infranqueable donde todo queda encerrado. Más acá, nada. Más allá, nada. Y en medio se encuentra ella o lo que aprendió desde joven a reconocer como lo que es.

            Se mira el espejo y contempla su cuerpo. Las piernas delgadas y fuertes. Los senos que nunca lograron llegar al tamaño que hubiese querido para sentirse cómoda, pero que juiciosamente en las noches, menos hoy, después de su trabajo, cuida con esmero haciendo ejercicio. De pronto empieza a mirar sus propios ojos y se desconoce en ellos. Su mirada ha cambiado. La música que viene del televisor la trae de nuevo al momento. Fija su atención en la música que viene del televisor. Bossa nova. Son melodías rítmicas, profundas, lentas y que arrastran cierto desencanto, pero al mismo tiempo son cautivantes. Piensa que tal vez en la tristeza se descubre algo más de uno mismo. Siente la necesidad de moverse y empieza a recordar una breve, pero intensa coreografía que había aprendido en su tiempo de colegio, que disfrutaba y que dejo de lado cuando la vida empezó a pesar demasiado.

            Ensaya una y otra vez tratando que el cuerpo recuerde. De pronto, el recuerdo se hace presente, adquiere su propio ritmo y se mueve con elasticidad por la sala. Se siente libre. Si, libre de ser como quiere ser, siendo lo que es.  Y hoy, con relación a lo que en aquel momento empezó a sentir su verdadera esencia. Es como si una luz se encendiera donde antes solo había oscuridad y confusión. Es la autenticidad que brota de nuevo y que había perdido contacto con aquella. Ya cuando el recuerdo es vivo en su cuerpo, pone en práctica la rutina tres veces. Se detiene. Siente que ha sido una especie de exorcismo que libera la tensión acumulada a lo largo del día. Un ligero calor envuelve su cuerpo. Toma una toalla y se seca el cuello donde puede percibir la humedad de unas gotas de sudor que caen de su cabello.

            Hoy no ha ido al gimnasio. Se siente cansada. Se siente sola. Desearía poder compartir un poco de todo esto con alguien que sienta sus emociones, que la valide, que le diga que es importante y sobre todo que es hermosa. Y de pronto, en esa particular rutina que acaba de redescubrir, cuando afuera siente que los carros pasan cada vez más rápidos, quizás tratando de eludir el impacto del tiempo para llegar a su destino, se sabe que es una mujer libre. No obstante, sabe que frente a otra persona no sería capaz de hacer esto, ni siquiera desnuda ante otro hombre o mujer así tuvieran la suficiente intimidad y confianza.  Así que decide que este será su nuevo espacio sagrado, su punto de anclaje, un ejercicio para soltar todo lo que en el día ha sido agotador y desesperanzador para volver sobre sí, como siempre debe ser.  

Pereira, octubre de 2026.

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