San Carlos – Antioquía: Montañas, ríos y bosques.

Recién tuve la oportunidad de viajar de nuevo a otro lugar de la geografía colombiana, ese espacio tan lleno de cosas que cada vez me cautiva y enamora más.  Esta vez fue a San Carlos – Antioquía.  Y lo hice de una manera que para muchos hoy en día resulta agotador y prefieren eludir por “la comodidad” que genera ir en Avión y con mayores comodidades. Lo hice por tierra, en un bus de turismo con una comodidad básica en un viaje largo de cerca de 12 horas.  Desde esta perspectiva, es una experiencia agotadora, que lo obliga a uno a ayudar a generar un espacio seguro en el cual todos podamos disfrutar de lo que hacemos en medio de las diferencias que son tan propias. Viajar de esta manera para disfrutar, conocer, tomar fotos o la expectativa que cada uno lleve, implica ir abierto a lo nuevo y a jugar con variables que no siempre podemos controlar como en cualquier viaje de la vida.

            A medida que nos acercáramos al amanecer, por el Peñol, pudimos ver los cielos abiertos y despejados, lo que presagiaba un intenso sol en el recorrido del primer día, La piedra del Tabor. He de señalar que realmente a pesar de las condiciones extremas de temperatura que se vivieron ese día, el recorrido se pudo hacer en buen tiempo y con buenas condiciones. La dificultad radicaba en su inclinación que va aumentando a medida que uno asciende. En lo personal, llegué un momento en el que sentí un poco de vértigo y miedo de subir al monolito (la piedra) por los acantilados que le rodean, pero conté con el apoyo de un buen guía y compañeros que me motivaron a terminar. Estar allí, sentir la inmensidad del lugar, ver el pueblo y en la lejanía tal y como nos habían dicho que se podía ver el rio magdalena en un día despejado como un hilo brillante en el horizonte. Después llegó el momento desde descenso que se sintió largo porque ya se iba acumulando el cansancio del viaje y el recorrido hasta llegar a un hermoso charco y el restaurante la Quiebra.

            El segundo día tuvimos la oportunidad de disfrutar los ríos, especialmente el Charco los cajones y la Planta, dentro del curso del rio San Carlos, donde pude meditar mientras todos se bañaban y luego consumir una deliciosa tilapia frita. Del allí un recorrido hasta Charco Redondo. Volver a bañarse. Refrescarse del calor y tomar el retorno pronto para retomar el viaje de retorno a Pereira. De la experiencia, falto tiempo para conocer más de aquel lugar, la gente y su historia que en tiempos recientes ha estado marcada por el dolor, el desplazamiento, la muerte, la resistencia y la resiliencia.

            El silencio, los cantos de las aves que uno aprecia con la atenta guía de quien nos acompaña, así como el calor intenso generan una expectativa de estar en un lugar diferente, único, como tantos otros de nuestra geografía colombiana. Hacer este tipo de viajes en nuestro país, es darse la oportunidad de aprender del territorio, de apreciarlo y tomar conciencia de su cuidado, protección y defensa. Viajar por tierra, en las relativas comodidades de los transportes, es darse la oportunidad de disfrutar de los momentos en que se para a descansar al bajarse, estirar los pies, contemplar las montañas, alguna conversación o apunte simple y finalmente de reconocer la vida que se despliega ante nuestros ojos.

Pereira, Colombia 7 de agosto de 2026.

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